Escribo paisajes y recortes de lo real.

Cuadernos de estudio visual:

  • Me pesa el corazón como una pieza bruta de acero sin lijar, resguardada tras las puertas de un pecho que ha resuelto cerrarse, y que espera pacientemente la agobiante muerte de otro algo más.

    Me apuñalo a mí misma cuando, por miedo, caigo sin poner las manos en el regazo frío e inerte del silencio.

    Observo, como si mi vida no dependiera de mí, cómo, por puro encierro, se me evapora de las puntas de los dedos la oportunidad de cruzar el puente que yo misma he cimentado.

    A veces soy torpe conmigo misma.

    Se me devuelven las lágrimas, como si fueran absorbidas en reversa por una represa de concreto. Mi voz es incapaz, se me quiebra la voluntad y, claro, me ahogo.

    Ahogada no se puede vivir.

    No hay punto de giro si me niego.

  • Me entreno a diario en el arte de ser nómada.

    La neblina que miro por la ventana es una metáfora de mi mente: densa, suave, llena de imágenes que emergen y se desgajan con el viento y la ayuda romántica de los sueños.

    Me culpé mucho y ahora no me someto al maltrato interno. La carretera y las madrugadas han forjado un cariño hacia mi destino que me parecía imposible.

    Parece que sentarme en el asiento #14 es magia porque ha dado forma a todo lo que por años me he negado.

    Así como la bruma no perdona ni facilita, el tiempo que queda, tampoco.

    Pero no soy un ancla, soy un barco con velas grandes que transita entre la niebla, determinado a cruzar, a llegar, a desembarcar, pero no aquí.

    Aquí es hermoso, pero aquella me espera al otro lado del nimbo y no quiero fallarle.

    Soy mi propia Penélope, mi Circe, mi Venus, mi Artemisa.

    Este es el camino que mi barco traza sobre el mar mientras lentamente disuelve el pasado, crea con amor en el presente y se complace con aquellas visiones del futuro aún en bruma, pero salpicadas de destellos.

  • Las señales me alcanzan
    y no puedo escaparme.

    No puedo escapar.
    Y quizás,
    no quiero hacerlo.

    Hay algo
    en poder mirar eso
    que me complace.

    No puedo negarme más
    a ser esa,
    aunque pierda.

    Porque voy a perder
    y ya sé,
    se dice que no hay que pensar así,
    sí, ya sé.

    Pero prefiero
    no cuidar mis palabras,
    porque más que cuidado,
    mis palabras
    necesitan ser liberadas
    de los calabozos.

    Así que pierdo,
    pierdo de maneras monumentales,
    aunque parezca que gano,
    y está bien,
    porque puedo soltar,
    siempre
    puedo
    soltar.

    Yo ya perdí todo
    más de una vez.

    Todo lo que daba forma a mi casa
    fue destruído
    por otros
    y por mí misma.

    Por eso
    me miro en el espejo
    y me repito:

    Ya pasaste por el infierno.
    Estás aquí.
    Y el aquí
    no te salva del infierno.

    Pero esta es tu casa.

    Desde niña
    me habitan las casas,
    los espectros en los umbrales
    y las cajas de regalo
    en llamas.

    En mi casa,
    hay espectros sin forma
    como en mis sueños,
    y hay puertas
    que llevan
    a cuartos en llamas.

    Otras
    tienen llave,
    otras
    aún no existen,
    y muchas otras,
    cuando las cruzo,
    entro a cuartos repletos de flores,
    memorias dulces,
    pinturas,
    música,
    océanos,
    belleza
    y simpleza.

    Los fantasmas
    y los espíritus,
    como señales premonitorias
    y no como pesadillas.

    Así que voy
    hacia esa puerta
    de mosaicos púrpuras,
    de aquella casa
    que solo existe en mis sueños,
    y que,
    cuando me asomo a través del vitral,
    puedo ver
    aquello que aún no es,
    teñido de magentas,
    azules,
    rojos
    y naranjas.

  • Tengo siete años y estoy patinando en el patio de mi casa. El pequeño fragmento de concreto, sin flores ni plantas de mi mamá, es mi pista de despegue. Voy de un lado a otro con la determinación de romper mi récord de velocidad. Solo importa eso y no caerme. Mami se asoma desde la puerta de la cocina cuando escucha el rugido de los patines contra el cemento. A veces habla para decirme que baje la velocidad; otras veces, solo me mira.

    Ahora que migro, los recuerdos del patio son cada vez más punzantes:

    Me veo de niña, dibujando con tizas flores y soles en el cemento.
    Me veo saltando la cuerda.
    Me veo acostada, viendo las nubes.
    Me veo comiendo mango después de nadar con mis primos en nuestra piscina.
    Me veo de tía, colocando la misma piscina para Mathi y Montse.
    Me veo viendo la luna mientras todos duermen.
    Me veo jugando con Dory y su bolita verde.

    Ese patio en el sur ha sido mi pista, mi escena, mi santuario y mi vida.

    Lo que pensaba que no era importante, de pronto me inunda los ojos de agua triste para recordarme que sí tengo una casa a la que regresar si me canso de caminar sola, y es entonces cuando cada rincón del patio se vuelve una memoria respirable de pasados y ciclos que ya no vuelven.

    No importa si hay mejores patios, porque yo, en el mío, abría portales con cada giro veloz de mis patines rosados.

  • Brilla la luna entre las nubes espesas, que hacen de cobija para las estrellas. El aire aquí es denso y seca las fosas nasales. Los bombillos, colocados sin precisión entre las ramas de los árboles, son señales de un tercer mundo donde los adoquines y los edificios coloniales se convierten en mapas. Cuanto más camino dentro de este mapa, más me palpita un pensamiento: una vez, no hace tanto, mi casa estuvo aquí.

    Si sigo el mapa, me encuentro con un signo fácil de interpretar. Porque la cúpula de la catedral, más que ser el símbolo de otra civilización, me recuerda la «pacificación» a sangre y fuego de las intuiciones indígenas que, aún hoy, en medio de un concierto de Navidad, se dejan ver en las pieles, los ojos y las narices de quienes escuchan el Ángelus devotamente.

    En el ahora, no hay otro lugar en el mundo más importante que este. El Partenón es minúsculo, predecible, común, al lado de un pequeño puesto de esquites que contagia de color y aroma el parque desde donde se ve la cúpula. No hay otro lugar en el mundo hoy, porque estar aquí es honrar las tumbas de piedra que alguna vez fueron pirámides y monumentos al sol.

    Honrar es descubrir que la sangre guarda como un archivo en los cuerpos, la memoria de lo que fue y lo que es. Y, por eso, los cuerpos no tramitan bien la indiferencia y el archivo pierde páginas enteras de códigos sagrados, y los esquites ya no sirven como brújulas hacia la herencia.

    Este es el primer ataque, la primera flecha lanzada por el sistema, que lleva inscrita en su punta: «veneración.»

    Y entonces:

    El impulso natural de reunirse para cantar canciones en agradecimiento por las cosechas agoniza,
    la urgencia de la colectividad se vuelve patética,
    la individualidad triunfa como un producto de consumo,
    el prejuicio se corona,
    lo bello, lo histórico, lo civilizado se sirve al estilo gourmet,
    se capitalizan las costumbres,
    la privatización se convierte en norma,
    las arenas se infestan de saqueadores,
    la absurda idea de lo exótico apuñala cien veces a la cultura,
    el color de la piel se convierte en una opinión subjetiva,
    y lo real regresa a la caverna.

    Los ataques siempre han tenido una intención: borrar los códigos de la sangre para reemplazarlos con otros.

    Yo, prefiero pelear, para no dormirme con el veneno de la flecha. Si me duermo, empiezo a creer en los cuentos del olvido, que además carecen de verdades.

    Por eso, en las noches, cuando sueño, pido al universo que me escupa nueva una y otra vez, y que yo, con mi voluntad cósmica, en medio del parto, decida nacer aquí: en los brazos de mi madre, con herencia Chorotega. Nazco bajo el árbol de cas, rodeada de piñatas, guarias moradas y el olor espeso de la olla de carne de mi abuela. Mi sueño, al final, es mirar los bombillos mal puestos y, en sus luces, recordar los rostros de mis abuelos y los códigos densos que secan mi nariz.

  • La lluvia me devuelve las nostalgias y acaricia mis mejillas. Más que lavarme de algún pecado, me potencia, y, una vez más, soy traída de vuelta al presente.

    El sol se oculta tras la bruma y me encuentro bailando entre montañas, como si mis pies supieran bien qué hacer en medio de un paisaje extraño.

    Me sorprendo a mí misma bailando, o más bien, me reconozco de nuevo. No es una sorpresa que baile en medio de la lluvia y que, simultáneamente, mire el mundo como tratando de descifrar un misterio. Mi papá siempre me dice que esa mirada es una herencia.

    Abrazar mi festiva serenidad me ha permitido gozar la gloriosa destrucción de aquello que me limitaba. Soy una fiesta solar, llena de flores y frutas en su punto. Mi corazón es la casa del verano. El sol lo llevo adentro porque fui semilla un verano.

    La lluvia me recuerda que nací un octubre, y que ese día, con una devoción casi inapropiada, mi papá y una tina de baño amarilla como el sol me recibirían en una casa. Los aguaceros me devuelven en el tiempo, cuando fui cargada y dormida bajo los goterones, mientras otros pies bailaban un merengue para que yo pudiera conciliar el sueño.

  • Recuerdo la primera vez que sentí el vacío en el estómago. Se me cerraban las manos en forma de puños y solo quería contener la pesadilla que me comía desde adentro.

    Aprendí a guardar el miedo en mis manos y luego cuando ya no me cabía, lo coloqué en la garganta y ahí se alojó por años.

    En la garganta hizo casa y cruelmente, envenenó la fertilidad de mis cuerdas. No escuchaba mi voz. El miedo hacía temblar mi melodía cuando intentaba hacer música. Pero con o sin temblor, la fuerza de querer ser, que me plantó como una semilla en el vientre imposible de mi madre, siempre fue más fuerte.

    Cuando crecí, el miedo invadió mi cuerpo, volvió a mis manos, se entroncó en mi garganta, revolvió mi estómago, anudó mi cabeza, entorpeció mis rodillas y nubló mis ojos. Era prisionera. No sé cómo podía moverme.

    Ahora que sigo creciendo ya no sé muy bien qué hace. Parece que el miedo mutó y que yo siempre tuve la cura para su insistencia.

    El cariño aflojó poco a poco los cimientos endurecidos. Parece que la solidez del amor en mis palabras y en mis manos, puede guiarle.

    Doy casa al miedo.

    Cuando lo tomo en las mismas manos que lo atraparon por primera vez hace tantos años, y lo miro y me miro, puede existir y no cautivarme. Las llaves han sido siempre mis manos. Quien me ha liberado he sido yo. A puro golpe, a puro karma, a puro amor, a puro respirar desde los pies hasta la coronilla.

    Ahora mi miedo y yo volamos entre las nubes y los edificios. No recuerdo la última vez que fui su prisionera, pero si la primera vez que me ayudó a construir un puente.

  • —Mírate. — Ahora estás lista para tomar distancia y observar el espectáculo sin quedarte atrapada en la obra.

  • El cuerpo a la 1am, bajo la luna de marzo, se siente como un arcoíris. La lucidez del insomnio es refrescante y pienso.

    La incertidumbre se ha convertido en mi compañera y maestra. Esta vida no parece mía y sin embargo la siento cercana, casi ya vivida.

    Desde hace meses no hago más que despedirme. El adiós ya es parte de mi rutina y aunque poco a poco me acostumbro al olvido de quienes me encuentro, me rehúso a vivir el resto de mi vida despidiéndome. Temo caer en el agujero infinito de la liquidez en donde solo hay débiles corrientes de cordialidad.

    Pero parece que caigo eternamente. No consigo enlazar, anidar y hacer casa. Me tambaleo entre lo que debo y lo que quiero porque cada encuentro es una potencial muerte y creo que ya morí suficiente.

  • El sol cayó sobre el mar. El aire huele a sal, tabaco y agua de coco. Tierra espera. Kai juega con un caricaco. A lo lejos el murmullo de otra gente que, como un ritual, también se reúne para despedir al sol. Pieles saladas, pies color champagne, cabellos recogidos en moño y corazones desahogados. 

    —Andiamo.
    —Andiamo.
    —Aspetta!
    —¡Hombre, que tengo que llevar a los perros!
    —Vale, dame una correa.

    Kai, como un rayo, corre encima del pareo y lo deja empapado de agua y arena.
    —¡Kai no!
    —Eres pesado, de verdad.
    —Seat down now!

    Finalmente, Kai se rinde. Pies descalzos baten la arena cerca de Itaúna y hacen camino hacia Chicago's.

    —El cielo está precioso.
    —¡Es muy lindo!

    Nos hicimos amigas cerca del mar.
    Nosotras somos el mar.

  • —¿Cuánto tiempo? Dígame un número y yo lo logro. —le dije.
    —Una semana. —respondió.
    Me reí tan fuerte porque pude escuchar su voz aunque estaba a kilómetros de mí.

    Un par de mensajes con emoticones de risa y calaveras después, me dice:
    —Gran plan.
    Así es ella, como la caricia alegre y ocurrente.

    Más video mensajes caóticos y luego sus palabras:
    —No hay nada de lo que no podamos volver, ¿sabes?
    Así es ella, como las flores de lavanda con brillos dorados.


    —Hoy, en este momento, ¿en cuál universo te mueres y no hay nadie?
    —En ningún universo. Ninguno.
    Así es ella, un corazón sabio que profundamente te mira.

  • Como la mano que guiaba en la oscuridad de esa noche frente al peñón.

    Como los brazos que rodean el torso cuando la moto se tambalea por los caminos de tierra y piedras sueltas.

    Como los ojos que se desbordan de palabras mientras la boca calla intentando ocultar la verdad.

    Como esa mirada perdida en la oscuridad profunda que te constituye pero que parece desvanecerse al buscar un abrazo.

    Como aquel perfume que, días después, seguía en la falda verde limón.

    Como los ojos verdes y un lenguaje desconocido que hacía dilatar las pupilas.

    Como los dedos rozando los brazos mientras el sueño ganaba la pelea entre tus palabras y las mías.

    Como aquel que miraba a la gente bailar y aquella que recordaría siempre el mito en Eea.

    Como la mirada insatisfecha de dos al reencontrarse.

    Como el mensaje en la Perla que se perdió en el rush de Manhattan.

    Como el timing correcto en el momento equivocado.

    Como la desilusión y el agradecimiento.

    Como el golpe, el adiós, la luna y el vino.

    Como el tiempo, el brillo y el corazón sanando.

    Como la partida.

    Como la madre que recibe con flores y el padre que llora al lado.

    Como una nueva vida que florece.

  • Estoy afuera en uno de mis lugares favoritos de la casa. Un árbol hermoso me hace sombra mientras el sonido del mar hace eco en los caminos cercanos.

    Las mariposas se acercan como bailarinas y se posan suavemente en las florecitas anaranjadas que nacieron alrededor de los arbustos.

    En el cielo hay pequeñas lagunas azules y celestes, que se esconden en la densidad blanca de las nubes que cubren casi todo.

    Las chicharras cantan, dos lapas rojas gritan en la distancia y de pronto, el ladrido feroz de Nami que corre detrás de una ardilla apaga todo y solo hay silencio.

    Un silencio que parece abrir más el cielo.

    Un silencio de vida.

    Un silencio que acurruca los pensamientos.

    Los rayos del sol se mezclan con los azules, verdes, marrones y rojos de La Abuela en silencio.

    Estoy en casa.

  • De pronto ya no hay hamburguesas con las chicas después del atardecer.

    De pronto estás más sola de lo que pensaste porque la versión de ahora no va más con la que dejaste aquí hace años.

    De pronto la que fue tu casa es ahora un lugar de paso porque esta vida no es tuya pero, esta sí que sos vos.

    De pronto ya no sos tu enemiga.

  • Cuando nos prometimos estar ahí siempre, firmamos juntos frente a otros un Febrero que olía a pino.

    Caminamos juntos, como dos que querían moldear el universo con sus propias manos. Lloramos, reímos y nos juramos no soltarnos, como dos que creen poder construir un puente entre la realidad y la fantasía.

    En este otro Febrero no hubo vestido de encaje ni flores. Mi cabello bailaba con la brisa calurosa y el sudor bajaba por mi cuello como un recordatorio de otro tiempo: el presente.

    A eso de las cuatro, caminé sola hacia una mesa redonda en el patio de una casa. No había nadie más que mi amiga vestida de Santa Lucía y un fantoche.

    Me senté y con mi mano de lavanda, firmé serena la sentencia de muerte para el verdugo. Y allí, cubierta con la gracia dorada, te juré muerte eterna.

    Mi nombre escrito en azul marino es la promesa solemne: Me juro mía.

    De aquel Febrero de pino y de aquella coronada de eucalipto, ya no queda nada.

  • En la noche frente al espejo las vi.

    Vi a la que se murió y a la otra que nació.

    La otra que nació colocó la tierra con sus manos y honró con flores a la que había sido su capullo, su casa, su vientre.

    Brevemente, pero con un cariño inmenso, le besó la frente y se despidió como si el adiós fuera una bienvenida.

    La herencia de la muerta no fue el dolor, fue la vida.

  • Mi mundo cambia como la marea.
    La marea que trae y se lleva,
    La marea impredecible que explora las rocas y el coral.

    Mi mundo es reflejo del mar.
    En el mar fui yo por primera vez.
    Frente al mar remendé mi corazón con algas, tabaco y sal.

    El mar, la arena y la marea.
    Todo cambia.
    Todo trae y todo se lleva.