Me entreno a diario en el arte de ser nómada.
La neblina que miro por la ventana es una metáfora de mi mente: densa, suave, llena de imágenes que emergen y se desgajan con el viento y la ayuda romántica de los sueños.
Me culpé mucho y ahora no me someto al maltrato interno. La carretera y las madrugadas han forjado un cariño hacia mi destino que me parecía imposible.
Parece que sentarme en el asiento #14 es magia porque ha dado forma a todo lo que por años me he negado, por dura, porque no sabía, porque no me veía.
Así como la bruma no perdona ni facilita, el tiempo que queda, tampoco.
Pero no soy un ancla, soy un barco con velas grandes que transita entre la niebla, determinado a cruzar, a llegar, a desembarcar, pero no aquí.
Aquí es hermoso, pero aquella me espera al otro lado del nimbo y no quiero fallarle.
Soy mi propia Penélope, mi Circe, mi Venus, mi Artemisa.
Este es el camino que mi barco traza sobre el mar mientras lentamente disuelve el pasado, crea con amor en el presente y se complace con aquellas visiones del futuro aún en bruma, pero salpicadas de destellos.
