A veces cuando puedo dormir, sueño con la playa. Aquella playa hermosa con piedritas de colores, agua turquesa y buen viento para surfear. En mi sueño, la playa se hace infinita y parece que camino por horas bajo el sol agotador de la Península.
Luego de caminar por horas, me detengo y me siento en una palmera caída a observar como las gaviotas desde lo más alto y en espiral, se sumergen hacia el mar como balas disparadas por un cañón.
Cuando veo hacia el horizonte infinito, puedo reconocer una figura que viene hacia mí. Camina lo que parecen horas y no llega nunca. Entonces yo me levanto, miro mis pies descalzos y de pronto me elevo hacia las nubes.
Toco con mis manos una nube grande y se disipa al instante, permitiendo ver un jardín con árboles frutales, todo cubierto de flores y con una pequeña casa en medio de dos árboles de mandarina, con las puertas abiertas de par en par.
Intento ir hacia allá con una fuerza brutal, pero permanezco, me estanco, no me muevo. Y casi como ahogada por el esfuerzo, despierto y me entero, nunca por azar: ya no estoy en casa.
