Las decisiones determinan el destino; el cuerpo lo sabe y no hay retorno. El tiempo transforma el dolor en el deseo vibrante por algo más que solo espinas. Así, a pie, emprendemos el viaje.
Caminamos entre espejos y no vemos nada más que luces y sombras. Corremos al rescate y caemos en la trampa del cómodo velo que divide las percepciones y lo que realmente es.
Nos salvan las llamas en el vientre, esas que queman pidiendo lluvia para hacer crecer flores nuevas. Aquellas que permanecen a pesar del tiempo.

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