Me pesa el corazón como una pieza bruta de acero sin lijar, resguardada tras las puertas de un pecho que ha resuelto cerrarse, y que espera pacientemente la agobiante muerte de otro algo más.
Me apuñalo. Me apuñalo a mí misma cuando, por miedo, caigo sin poner las manos en el regazo frío e inerte del silencio.
Observo, como si mi vida no dependiera de mi voz, cómo, por puro encierro, se me evapora de las puntas de los dedos la oportunidad de cruzar el puente que yo misma he cimentado.
A veces soy torpe conmigo misma.
Se me devuelven las lágrimas, como si fueran absorbidas en reversa por una represa de concreto. Mi voz es incapaz, se me quiebra la voluntad y, claro, me ahogo.
Ahogada no se puede vivir.
No hay punto de giro si me niego.
