Las señales me alcanzan
y no puedo escaparme.
No puedo escapar.
Y quizás,
no quiero hacerlo.
Hay algo
en poder mirar eso
que me complace.
No puedo negarme más
a ser esa,
aunque pierda.
Porque voy a perder
y ya sé,
se dice que no hay que pensar así,
sí, ya sé.
Pero prefiero
no cuidar mis palabras,
porque más que cuidado,
mis palabras
necesitan ser liberadas
de los calabozos.
Así que pierdo,
pierdo de maneras monumentales,
aunque parezca que gano,
y está bien,
porque puedo soltar,
siempre
puedo
soltar.
Yo ya perdí todo
más de una vez.
Todo lo que daba forma a mi casa
fue destruido
por otros
y por mí misma.
Por eso
me miro en el espejo
y me repito:
Ya pasaste por el infierno.
Estás aquí.
Y el aquí
no te salva del infierno.
Pero esta es tu casa.
Y tu casa
sos vos.
Desde niña
me habitan las casas,
los espectros en los umbrales
y las cajas de regalo
en llamas.
En mi casa,
hay espectros sin forma
como en mis sueños,
y hay puertas
que llevan
a cuartos en llamas.
Otras
tienen llave,
otras
aún no existen,
y muchas otras,
cuando las cruzo,
entro a cuartos repletos de flores,
memorias dulces,
pinturas,
música,
océanos,
belleza
y simpleza.
Los fantasmas
y los espíritus,
como señales premonitorias
y no como pesadillas.
Así que voy
hacia esa puerta
de mosaicos púrpuras,
de aquella casa
que solo existe en mis sueños,
y que,
cuando me asomo a través del vitral,
puedo ver
aquello que aún no es,
teñido de magentas,
azules,
rojos
y naranjas.
