LetrasDeMarea

Al sur

Tengo siete años y estoy patinando en el patio de mi casa. El pequeño fragmento de concreto, sin flores ni plantas de mi mamá, es mi pista de despegue. Voy de un lado a otro con la determinación de romper mi récord de velocidad. Solo importa eso y no caerme. Mami se asoma desde la puerta de la cocina cuando escucha el rugido de los patines contra el cemento. A veces habla para decirme que baje la velocidad; otras veces, solo me mira.

Ahora que migro, los recuerdos del patio son cada vez más punzantes:

Me veo de niña, dibujando con tizas flores y soles en el cemento.
Me veo saltando la cuerda.
Me veo acostada, viendo las nubes.
Me veo comiendo mango después de nadar con mis primos en nuestra piscina.
Me veo de tía, colocando la misma piscina para Mathi y Montse.
Me veo viendo la luna mientras todos duermen.
Me veo jugando con Dory y su bolita verde.

Ese patio en el sur ha sido mi pista, mi escena, mi santuario y mi vida.

Lo que pensaba que no era importante, de pronto me inunda los ojos de agua triste para recordarme que sí tengo una casa a la que regresar si me canso de caminar sola, y es entonces cuando cada rincón del patio se vuelve una memoria respirable de pasados y ciclos que ya no vuelven.

No importa si hay mejores patios, porque yo, en el mío, abría portales con cada giro veloz de mis patines rosados.