Brilla la luna entre las nubes espesas, que hacen de cobija para las estrellas. El aire aquí es denso y seca las fosas nasales. Los bombillos, colocados sin precisión entre las ramas de los árboles, son señales de un tercer mundo donde los adoquines y los edificios coloniales se convierten en mapas. Cuanto más camino dentro de este mapa, más me palpita un pensamiento: una vez, no hace tanto, mi casa estuvo aquí.
Si sigo el mapa, me encuentro con un signo fácil de interpretar. Porque la cúpula de la catedral, más que ser el símbolo de otra civilización, me recuerda la «pacificación» a sangre y fuego de las intuiciones indígenas que, aún hoy, en medio de un concierto de Navidad, se dejan ver en las pieles, los ojos y las narices de quienes escuchan el Ángelus devotamente.
En el ahora, no hay otro lugar en el mundo más importante que este. El Partenón es minúsculo, predecible, común, al lado de un pequeño puesto de esquites que contagia de color y aroma el parque desde donde se ve la cúpula. No hay otro lugar en el mundo hoy, porque estar aquí es honrar las tumbas de piedra que alguna vez fueron pirámides y monumentos al sol.
Honrar es descubrir que la sangre guarda como un archivo en los cuerpos, la memoria de lo que fue y lo que es. Y, por eso, los cuerpos no tramitan bien la indiferencia y el archivo pierde páginas enteras de códigos sagrados, y los esquites ya no sirven como brújulas hacia la herencia.
Este es el primer ataque, la primera flecha lanzada por el sistema, que lleva inscrita en su punta: «veneración.»
Y entonces:
El impulso natural de reunirse para cantar canciones en agradecimiento por las cosechas agoniza,
la urgencia de la colectividad se vuelve patética,
la individualidad triunfa como un producto de consumo,
el prejuicio se corona,
lo bello, lo histórico, lo civilizado se sirve al estilo gourmet,
se capitalizan las costumbres,
la privatización se convierte en norma,
las arenas se infestan de saqueadores,
la absurda idea de lo exótico apuñala cien veces a la cultura,
el color de la piel se convierte en una opinión subjetiva,
y lo real regresa a la caverna.
Los ataques siempre han tenido una intención: borrar los códigos de la sangre para reemplazarlos con otros.
Yo, prefiero pelear, para no dormirme con el veneno de la flecha. Si me duermo, empiezo a creer en los cuentos del olvido, que además carecen de verdades.
Por eso, en las noches, cuando sueño, pido al universo que me escupa nueva una y otra vez, y que yo, con mi voluntad cósmica, en medio del parto, decida nacer aquí: en los brazos de mi madre, con herencia Chorotega. Nazco bajo el árbol de cas, rodeada de piñatas, guarias moradas y el olor espeso de la olla de carne de mi abuela. Mi sueño, al final, es mirar los bombillos mal puestos y, en sus luces, recordar los rostros de mis abuelos y los códigos densos que secan mi nariz.
