LetrasDeMarea

Despegue

Recuerdo la primera vez que sentí el vacío en el estómago. Se me cerraban las manos en forma de puños y solo quería contener la pesadilla que me comía desde adentro.

Aprendí a guardar el miedo en mis manos y luego cuando ya no me cabía, lo coloqué en la garganta y ahí se alojó por años.

En la garganta hizo casa y cruelmente, envenenó la fertilidad de mis cuerdas. No escuchaba mi voz. El miedo hacía temblar mi melodía cuando intentaba hacer música. Pero con o sin temblor, la fuerza de querer ser, que me plantó como una semilla en el vientre imposible de mi madre, siempre fue más fuerte.

Cuando crecí, el miedo invadió mi cuerpo, volvió a mis manos, se entroncó en mi garganta, revolvió mi estómago, anudó mi cabeza, entorpeció mis rodillas y nubló mis ojos. Era prisionera. No sé cómo podía moverme.

Ahora que sigo creciendo ya no sé muy bien qué hace. Parece que el miedo mutó y que yo siempre tuve la cura para su insistencia.

El cariño aflojó poco a poco los cimientos endurecidos. Parece que la solidez del amor en mis palabras y en mis manos, puede guiarle.

Doy casa al miedo.

Cuando lo tomo en las mismas manos que lo atraparon por primera vez hace tantos años, y lo miro y me miro, puede existir y no cautivarme. Las llaves han sido siempre mis manos. Quien me ha liberado he sido yo. A puro golpe, a puro karma, a puro amor, a puro respirar desde los pies hasta la coronilla.

Ahora mi miedo y yo volamos entre las nubes y los edificios. No recuerdo la última vez que fui su prisionera, pero si la primera vez que me ayudó a construir un puente.