En la noche frente al espejo las vi.
Vi a la que se murió y a la otra que nació.
La otra que nació colocó la tierra con sus manos y honró con flores a la que había sido su capullo, su casa, su vientre.
Brevemente, pero con un cariño inmenso, le besó la frente y se despidió como si el adiós fuera una bienvenida.
La herencia de la muerta no fue el dolor, fue la vida.
