La lluvia me devuelve las nostalgias y acaricia mis mejillas. Más que lavarme de algún pecado, me potencia, y, una vez más, soy traída de vuelta al presente. El sol se oculta tras la bruma y me encuentro bailando entre montañas, como si mis pies supieran bien qué hacer en medio de un paisaje extraño.
Me sorprendo a mí misma bailando, o más bien, me reconozco de nuevo. No es una sorpresa que baile en medio de la lluvia y que, simultáneamente, mire el mundo como tratando de descifrar un misterio. Mi papá siempre me dice que esa mirada es una herencia.
Abrazar mi festiva serenidad me ha permitido gozar la gloriosa destrucción de aquello que me limitaba. Soy una fiesta solar, llena de flores y frutas en su punto. Mi corazón es la casa del verano. El sol lo llevo adentro porque fui semilla un verano.
La lluvia me recuerda que nací un octubre, y que ese día, con una devoción casi inapropiada, mi papá y una tina de baño amarilla como el sol me recibirían en una casa. Los aguaceros me devuelven en el tiempo, cuando fui cargada y dormida bajo los goterones, mientras otros pies bailaban un merengue para que yo pudiera conciliar el sueño.
